La llegada de los conquistadores a América, durante el siglo XVI, significó el establecimiento físico e intelectual de la civilización europea en un continente remoto, poblado por culturas y civilizaciones ancestrales, que llevaban una vida que resultaba extraña para los habitantes del viejo mundo.
Para transformar esta región amplia y culturalmente tan diversa en parte integral del Imperio más pujante de la época las autoridades peninsulares debieron impulsar medidas en distintos frentes. Entre ellas, se contaba un activo trabajo en el área de la infraestructura: fue necesario construir nuevas ciudades, puertos, caminos, canales, sistemas de regadío, fundiciones, industrias, fortificaciones y edificios.
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A partir del XVII se fue desarrollando en el mundo occidental un interés creciente en el estudio de las Ciencias Naturales y la Historia Natural, sobre bases más exactas. Hasta entonces, las grandes reflexiones en torno a la naturaleza se remitían a la descripción y análisis del mundo biótico y abiótico, basados en las teorías del Big Bang y la escala natural, que proponían una explosión de materia viva y la inmutabilidad de las especies organizadas en grupos ascendentes según su perfección, respectivamente. Sin embargo, esta perspectiva filosófica fue cediendo gradualmente a un acercamiento científico en donde los métodos inductivos y empíricos comenzaron a configurar una “revolución científica”. |
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